Fotografía
Meteorológica

De paisajes

Deportiva


 

Fotografía meteorológica: fotos como un rayo

La fotografía meteorológica es una disciplina difícil, quizás de las más difíciles del panorama fotográfico. Tal dificultad no reside en la base de su ejecución, sino en la teoría que hay detrás. Un meteorólogo logrará mejores capturas que un avezado fotógrafo. Y no por las habilidades fotográficas de ninguno, sino por la capacidad de anticipación del primero. En la atmósfera hay muchas variables, algunas de ellas siguen un patrón, y si conocemos esos patrones... la foto es nuestra.

Para ejecutar con acierto la fotografía meteorológica es necesario conocer al dedillo los fenómenos que estudia esta ciencia. Un fotógrafo de a pie mira al cielo y ve cielo. Como mucho, quizás vea nubes, y es posible que algún pájaro. Pero poco más. Para practicar con acierto la fotografía meteorológica es necesario conocer el antes y, sobre todo, el después. A hacerse videntes tocan.
Los procesos meteorológicos no son fruto de la casualidad, sino que siguen un esquema de comportamiento. Por esta razón, la mejor forma de hacer fotografía meteorológica es anticipándose a lo que va a ocurrir. Si queremos hacer fotos de tormenta, hemos de saber qué tipo de nubes se forman antes de la tormenta, y así estar prevenidos. Si una instantánea no es espectacular, quizás una secuencia de diez instantáneas realizadas en el intervalo de un minuto sí lo es.

Conocer la teoría del origen y el desenlace de un acontecimiento atmosférico nos permitirá anticiparnos a los hechos. Esta atractiva postal probablemente acabó en tormenta.

Fotografiando el cielo

En la fotografía que nos ocupa quizás lo menos relevante sea el encuadre. Es evidente que una foto perfectamente encuadrada y compuesta entra por los ojos mucho mejor que una foto que tiene en primer término una farola. Sin embargo, hay que tener en cuenta que la intención aquí no es la de hacer arte -al menos, no lo va a ser habitualmente. Lo que pretendemos es plasmar en una fotografía un comportamiento atmosférico, poco común o no, y si entre un rayo y nosotros se interpone un poste de teléfonos, pues bienvenido sea.

En fotografía meteorológica los obstáculos son secundarios. Lo esencial es capturar el fenómeno atmosférico y al precio que sea -o casi.

Por regla general, no vamos a necesitar altas sensibilidades. Salvo que caiga el sol o estemos fotografiando tormentas, la luz diurna tiene intensidad suficiente como para permitirnos trabajar sin problemas de velocidad de obturación. En cualquier caso, y puesto que va a ser el cielo el principal motivo de nuestras fotografías, recurrir a una generosa profundidad de campo será imprescindible. Por este motivo, lo primero que debemos sacrificar son los diafragmas abiertos.
El enfoque merece otra mención. Los cielos despejados o las nubes "celestialmente" blancas se caracterizan porque no ofrecen zonas de contraste, por lo que el autoenfoque de nuestra cámara puede volverse loco (recordemos que usa el contraste de la escena para enfocar). La solución más sencilla pasa por ignorar el enfoque y fijarlo directamente al infinito. Ahorraremos tiempo y baterías y nos quitaremos otra preocupación de la cabeza.

La omisión del enfoque es la forma más sencilla de evitar problemas. Foco al infinito, y listo.
El balance de blancos también tiene su importancia en la fotografía meteorológica. La temperatura de color del cielo nublado no es la misma que para un sol radiante, y suele arrojar una dominante rojiza bastante molesta. Si la cámara no dispone de un balance específico para este tipo de iluminación o de un modo de balance manual, la mejor opción será utilizar el modo automático y prescindir del clásico modo prefijado para la luz de día.

En días muy nublados el balance de blancos puede ofrecer un mal rendimiento. Si la máquina no dispone de un modo específico para nubes, lo mejor es recurrir al modo automático.

Midiendo el sol

Hablemos, por último, del aspecto más importante -quizás- de la fotografía meteorológica: la medición. Medir un cielo despejado puede ser fácil. El problema surge cuando la luz no es uniforme. Los cielos tormentosos ofrecen bruscos contrastes, las nubes pueden ocultar tras de sí al sol, y éste puede aparecer en un claro cuando menos se le espera.

Teóricamente, no hay una medición ideal para la fotografía meteorológica. La medición matricial es fácilmente equívoca y la medición puntual no tiene en cuenta todos los contrastes. En este caso, se impone un uso adecuado de las opciones manuales, si disponemos de ellas, y de una medición de varias zonas de la imagen de forma puntual. La gran ventaja de la fotografía meteorológica es que disponemos de un tiempo para hacer pruebas, pero no nos engañemos: las nubes se mueven -¡y cómo!-, y aunque que parezca que estén quietas no significa que lo estén.

Eduardo Parra
Fotoperiodista


 

Fotografía de paisajes: fotos en campo abierto

La fotografía de paisajes es una de las disciplinas más profusamente practicadas por todos los fotógrafos. No importa si son profesionales o novatos. Prácticamente el cien por cien de las personas que alguna vez han empuñado una cámara se han parado delante de un idílico paraje campestre para hacer un par de fotografías. No todas salen bien. La fotografía de paisajes es una disciplina que engaña, y no es tan fácil como parece ejecutarla correctamente. La primera lección: para ver, primero hay que saber mirar.

La fotografía paisajística es, teóricamente, fácil de realizar. Sólo hay que hacer clic, y punto. Generalmente, se hace a plena luz del día, con altas velocidades de obturación y con diafragmas cerrados. Se superan así, respectivamente, los problemas de enfoque, las imágenes trepidadas y las limitaciones de la escasa profundidad de campo.
El problema viene de otras latitudes, más bien "artísticas", y suele derivar en resultados fotográficos que no se adecuan con lo que teníamos en mente. Y eso, no nos engañemos, no es culpa de nuestra compacta de 200 euros.

Lo que encuadramos con la cámara no siempre se corresponde con lo que obtenemos. Las pantallas LCD, sin paralaje, y un buen quehacer fotográfico son vitales para lograr en la cámara fotos de paisajes tal y como las tenemos en la cabeza.

Primero mirar, luego ver

En un paisaje hay muchos motivos por escoger y un montón de valores con los que jugar, aunque no podamos cambiar las condiciones de la toma. Las focales, por ejemplo, suelen ser cortas; cuanto más, mejor, ya que así puede abarcarse más paisaje. Pero que esto sea lo convencional no quiere decir en absoluto que no pueda hacerse un paisaje con teleobjetivo. De hecho, las focales largas son idóneas para esquivar accidentes naturales u obras arquitectónicas de incongruente ubicación.

Cuando no podemos movernos es necesario usar el zoom para esquivar los obstáculos presentes en la escena. Un paisaje que no se ve, no es un paisaje.

También hemos de jugar con la luz. Un paisaje suele presentar claros, zonas de sombra, luces fuertes, destellos... Todo eso debe tenerse en cuenta. La medición en paisajes suele ser matricial, esto es, midiendo toda la escena. La razón es sencilla: en un paisaje suelen convivir luces y sombras de forma más o menos equilibrada, pero también puede ganar una de las dos por abultada mayoría, con lo que utilizar un modo de medición más restringido supondría un riesgo.
Sin embargo, no siempre encontraremos una medición sencilla. Hay ocasiones en las que tenemos que apostar por subexponer o por quemar. Lo más sensato -que necesariamente tiene que ser lo más correcto- suele ser apostar por las luces bajas y dejar la toma, en principio, subexpuesta. La razón es sencilla: una luz baja puede recuperarse en mayor o menor medida con el ordenador; una zona quemada, sin embargo, es mucho más difícil.

En condiciones adversas de luz, lo lógico es dejar la toma subexpuesta para luego trabajarla con el ordenador y tratar de levantar las luces bajas.

Otro de los factores a tener en cuenta es el punto de mira. En un paisaje corremos el riesgo que los propios elementos naturales no ofrezcan una composición acertada. No podemos evitar que la montaña estorbe o que el río atraviese la foto de parte a parte o que el punto de fuga del valle esté en el centro de la imagen. Sin embargo, podemos poner todos estos elementos a nuestro favor utilizando los conocimientos que ya tenemos. De este modo, por ejemplo, es importante no obcecarnos en sacarlo todo, absolutamente todo, y ceder ante la evidencia. Si el río molesta, nos movemos un poco. Si no podemos recolocarlo en la escena cambiando el encuadre, lo eliminamos, bien cambiando por completo el punto de vista o bien tirando del zoom.

El agua y la simetría

El agua, sobre todo en forma de lagos, ofrece una interesantísima oportunidad para regodearnos con las simetrías. La simetría en fotografía de paisajes es un recurso acertado hasta cierto punto. Por norma, es mucho más estético utilizar los puntos de la zona aura para componer con distintos elementos y dejar las fotografías simétricas como mero recurso puntual. Sin embargo, el agua nos permite jugar con los destellos del sol y los reflejos asimétricos, introduciendo en la imagen elementos que sin ella no serían visibles. Pensemos, por ejemplo, en las idílicas montañas que aparecen fuera del encuadre pero están reflejadas en un lago.

Eduardo Parra
Fotoperiodista

Fotografía deportiva, fotografía a toda velocidad

La fotografía deportiva es, con toda probabilidad, una disciplina que tarde o temprano acaban catando la gran mayoría de fotógrafos, independientemente de su nivel. ¿Quién no tiene un hijo, sobrino o nieto que practica algún deporte? ¿Qué persona no se pega cuatro carreras o da tres patadas a un balón en un día de campo? Es más: ¿Quién no ha encestado una bola de papel en la papelera de la oficina? En mayor o menor medida, todo eso es deporte, y nosotros vamos a aprender a fotografiarlo.

Para un fotógrafo profesional, el paso previo a todo acontecimiento deportivo es la elección del equipo. Nosotros, puesto que ya tenemos bien claro cuál será nuestro equipo -seamos realistas- nos ahorramos un problema. En cualquier caso hemos de tener en cuenta que la máxima "lo importante es el fotógrafo, no la cámara" no es del todo aplicable a las fotos de deporte. Así, por muy malos que seamos, una máquina réflex que dispare a 40 fotogramas por segundo y un teleobjetivo de 300 mm con una abertura de f1.4 facilitan el trabajo a cualquiera.

Los equipos digitales compactos no son precisamente famosos por tener un zoom ni un enfoque rápidos y precisos. Sí destacan, en cambio, por hacer gala de un bonito -léase con ironía- lag o retardo de disparo.
El lag siempre existe, pero más aún en cámaras digitales de gama media y baja. Tengámoslo presente a la hora de prepararnos para una sesión de fotografía de deportes.
Es de vital importancia tener en cuenta esta limitación a la hora de disparar. Aquí sí puede decirse que la experiencia es un grado. Y es que saber anticiparse a la fotografía es crucial en estos casos. Digámoslo de otro modo: tendremos que disparar cuando el saltador de pértiga aún esté en el suelo, a punto de despegar, o cuando el futbolista esté armando la pierna.
Anticiparse es vital en fotografía deportiva. Muchas veces, la única diferencia entre una buena foto y una foto desechable está en una milésima de segundo.

En fotografía deportiva, la distancia física que nos separa del deportista suele ser -por regla general- bastante considerable. Esto es así en deportes como el fútbol, el atletismo o el esquí, por poner unos ejemplos. Por este motivo, tendremos que servirnos del zoom óptico de nuestra cámara, y esto deriva -casi siempre- en el uso de aberturas más pequeñas.
En una situación convencional, como una foto de cumpleaños, compensaríamos la abertura bajando al mismo tiempo la velocidad de obturación. Por desgracia, estas normas "de cajón" son relativas en la fotografía deportiva. El uso de una velocidad inferior a 1/200 segundos probablemente resulte en la obtención de fotos movidas, un efecto poco perseguido en la fotografía deportiva. Para congelar una pelota de tenis en pleno "smash", por tanto, necesitaremos velocidades del orden de 1/500 segundos; para detener a un futbolista, de aproximadamente 1/320 segundos; para un corredor de marcha, 1/200 segundos...

En una zona de iluminación constante -un pabellón cubierto, por ejemplo, o un parque en pleno mediodía con el cielo despejado-, lo más fácil es fijar una prioridad a la velocidad o bien utilizar los modos manuales. En este último caso, fijaremos los valores de abertura y velocidad guiándonos por el exposímetro de nuestra cámara.

Congelar el tiempo es la esencia de la fotografía deportiva. Diafragmas abiertos y altas velocidades son esenciales. En esta disciplina, querer no siempre es poder.

El problema aparecerá cuando nos enfrentemos a una fotografía de deportes en zonas de iluminación variable -un campo descubierto o con tragaluces, por ejemplo, o un día nubloso. En largas sesiones, el fotógrafo -sobre todo, si no es experto- suele olvidarse de los valores de exposición y se centra en el encuadre o el enfoque. La preocupación será, básicamente, que el jugador no se pierda en la inmensidad del campo y que aparezca nítido.
En otro tipo de fotografías, como las de eventos sociales, la presencia de luz variable tampoco sería un gran problema, ya que la prioridad a la velocidad se encargaría de corregir los cambios de luz. Pero en fotografía deportiva, surgen los problemas. Veamos. Una digital compacta -o no-, tirando a más de 1/200 segundos, probablemente pedirá grandes aberturas. Si tenemos presente que estamos usando focales largas, las aberturas no serán muy luminosas, y con mucha suerte llegarán a f3.5. Seguramente, tendremos que forzar la sensibilidad hasta el máximo.

Llegados a este punto, nos podemos preguntar: ¿Por qué estar tirando siempre a máxima sensibilidad, si podemos evitarlo? Ya que no podemos modificar la abertura y tampoco la velocidad, la solución pasa por usar un elemento poco empleado en la fotografía digital: el ISO automático. Técnicamente, el ISO automático es una suerte de prioridad a la abertura y a la velocidad simultáneas. Nosotros damos dos parámetros y la cámara elige el resto. Gracias a esta opción, podemos seguir concentrados en enfocar, encuadrar y disparar.

En fotografía deportiva, encuadrar es un lujo. Un fotógrafo novato hace la foto y confía en poder recortar más tarde. Un fotógrafo con experiencia es capaz de congelar y componer en sólo una fracción de segundo.

Más allá de las técnicas
Efectivamente, hay algo más que saber disparar: a qué disparar. Ya hemos dicho al principio de estas líneas que las buenas fotografías deportivas duran literalmente un instante, y por ello hay varias consideraciones previas que debemos saber. La primera es conocer el juego. En un partido de baloncesto, por ejemplo, el balón casi siempre pasa por las manos del árbitro entre jugada y jugada. No sucede lo mismo, por ejemplo, en un partido de fútbol. La conclusión es obvia: para obtener buenas fotos, tendremos que conocer bien aquel deporte.

La segunda consideración en nuestro bloc de notas mental es la de tener presente que la mejor fotografía no siempre está en los momentos de juego. Lo habitual en las fotos de deportes es capturar la jugada: una patada en karate o una falta en balonmano. Pero la acción no acaba ahí. La desolación del jugador que marca en propia meta, la alegría del banquillo al ganar el partido, la rabia del jugador sustituido, las lagrimas de la victoria... Todo ello es fotografía.

No siempre tiene que haber un balón o un florete o una jabalina en movimiento. Muchas veces, la acción está "fuera de juego".

Eduardo Parra
Fotoperiodista

subir